miércoles, 20 de junio de 2007

Cabeza mágica I


La memoria es el bastón de ciego en los
corredores y pasillos del tiempo

Octavio Paz




Lo veo a lo lejos, sentado paciente en una gradería. Aún en la inmensidad de aquel monstruo de cemento, sobre sale su figura. Es curioso, mucho se había hablado y escuchado sobre este coloso monumento al fútbol, un mito, una leyenda. Cuántos campeonatos, cuántas historias, cuántos jugadores, cuánto de fútbol.
Al pisar el césped del Estadio Centenario, y al verlo imponente en medio de una de sus tribunas vacías, entendía que él es parte de este mito. Entendí que Alberto Spencer Herrera es parte de la historia grande del fútbol sudamericano.

Su rostro sonriente y sereno me ayuda a sentirme algo más cómodo. ¿Cómo enfrentarme, cómo conversar con el goleador histórico de la Copa Libertadores de América? Don Alberto lo hace todo más fácil. Sus ojos sabios y su saludo afectuoso rompen cualquier nerviosismo.
La mirada fija en el arco sur del Centenario. No es difícil suponer lo que imaginaba.

-¿Cuántos Goles suyos acogerían esas redes, no? Pregunto bobamente, es imposible qué aquella pregunta obtenga una respuesta estricta. Pero el objetivo se cumplía, ahora la sonrisa se intensifica, el recuerdo comenzaba.

-Es mucho más grande que el que teníamos en Ancón. Responde alegremente Don Alberto. Habla sobre su pueblo natal, sobre ese pequeño territorio dentro de uno también pequeño, Ecuador.
Con tranquilidad cuenta como a los 14 años abandonó Ancón para dirigirse hacia Guayaquil, buscando una oportunidad en algún equipo. Ésta llegó en el Deportivo Everest, dónde, esto lo dice con una sonrisa pícara, también jugaba su hermano Marco. No jugaba muy bien, pero era cara dura.

-¿En Everest, recuerda cuántos goles anotó?
-La verdad mi amigo es que no.

No obstante, sí recuerda haber pasado muchos momentos felices por aquel equipo. Comenta que pronto pasó al Barcelona S.C, un gran paso al frente, una nueva puerta que se abría, un nuevo trampolín al éxito. No jugó mucho en el club del astillero. No olvida, sin embargo, su primer gol con Barcelona en la inauguración del Estadio Modelo, 1959. En aquella oportunidad, lo dice aún con sorpresa, unos dirigentes uruguayos lo estuvieron observando. Eran del Club Atlético Peñarol de Montevideo.
Con la palabra Peñarol se quedó un momento. Recorrió la vista por la tribuna Amsterdam del Centenario. Sus ojos se visten de un negro oro intenso. Peñarol, el carbonero, el equipo, su equipo. Despertando de ese abrazo imaginario con las tribunas del estadio que lo siente como su hogar, Don Alberto continúa su relato. Dice que llegó tímidamente a tierra uruguaya ante la desconfianza de propios y extraños, con dudas sobre un posible triunfo en el fútbol rioplatense. Debutó en el equipo aurinegro en marzo de 1959 en un partido amistoso ante Atlanta, de Argentina. Allí, como un presagio de lo que se venía, Spencer marcó tres goles.

Ahora se incorpora, se excusa por interrumpir la charla, lentamente, como quien toma con paciencia las cosas, se retira la chaqueta. Una vieja camiseta carbonera cubría su dorso.
-Cuando me enteré de la entrevista se trataba sobre mi vida, decidí ponérmela.
Me dice como queriendo justificar un posible momento embarazoso. ¿A estas edades y aún vistiendo lúdicamente con la camiseta de su equipo?, ¡qué ridiculez! Habrá pensado Don Alberto.

Lo que no sabe es que aquellos colores aún le sientan tan bien como al principio.

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